por
KARMINA
@ 2007-05-12 - 02:18:16

Comentando con mis hermanas coincidimos en que mi madre es desapegada de nosotros .
Durante años en secreto yo también lo pensé porque, como ellos, al hablar de madre pensaba en el tipo de mujer que le llama a los hijos casados cada tercer día “porque luego se preocupan”. Que tiene que saber santo y seña de sus vidas, y si no, se enoja porque “le esconden cosas”. Que telefonea a sus hijas para contarles la lata que le dio la reuma ayer, o para compartirles una nueva receta de chiles rellenos.
Ella, mi mamá, pertenece a una estirpe no muy aplaudida socialmente: la de quienes viven y dejan a sus hijos vivir a su aire. Con todos sus riesgos, sí señor. Yo creo que su interior es complejo y simple a la vez; pienso que está llena de recuerdos y fantasías . No necesita que nadie le haga mandados o la acompañe “porque está vieja”.
Esta, creo, es la mejor época de su vida, con todo y sus muchos achaques. Vive sin ayuda de nadie y no le fascina tener al montón de gente todos los fines de semana quitándole el tiempo; tampoco meterse en la educación de los nietos y biznietos, aunque no concuerde con los muchos modos de sus padres. ¿Que podría meterse? ¡Por supuesto que sí! Esa es la tradición en la familia mexicana .
Cargar con todos a todos lados; que los abuelos se hagan los indispensables y llevar al alimón la crianza de los nietos. “Pobrecitos –se dice– así tienen algo en qué ocuparse”, así se sienten “tomados en cuenta”. La vieja de este relato no lo hace. Nunca lo hizo; ya dije, es desapegada. Ella ya crió como pudo, no se esforzó demasiado pero lo hizo bien.
Que se diga fue una mamá amorosa y paciente, de esas mujeres que se programan para ser madres de excelencia... pues nooooooooo, la verdad, para nada. Y también es cierto que yo nunca extrañé que no lo fuera. Ella fue lo que pudo ser, y dio lo que podía dar. No se esforzó en demasía y creo que yo tampoco necesitaba tanta mamá...
Luego llegó el día en que sus hijas e hijos le fueron anunciando que se casarían, y ella –contrario a los papelones de la querida Sara García– no hizo un tango. Más bien se puso contenta pues no los había criado para empollarlos eternamente. No se inmiscuyó en sus elecciones de pareja ni de nuevo domicilio. Si la invitaban a participar lo hacía; si preguntaban su opinión, aconsejaba. Si no, dejaba hacer. Nunca se obsesionó en hacerse la indispensable. Enseñó a sus hijas a bañar y alimentar a sus bebés, y luego las dejó ser madres.
No ha influido en las decisiones de sus hijos respecto a carreras o al rumbo de sus vidas. Su respeto –o lejanía si se quiere– ha sido irrestricto, aunque no siempre haya estado de acuerdo y seguramente haya sufrido un rato por esa causa.
Así ha sido su manera de relacionarse con sus hijas e hijos. Cercano el dia de las madres –fiesta casi patriótica en México–, con toda seriedad yo me pregunto:
¿A santo de qué las madres se deben convertir en esclavas de sus hijos e hijas? ¿Cuántas espinas sangrantes deben exhibir para ser consideradas buenas madres, cuántas manos despellejadas, cuántos proyectos abortados? ¿Cuál es la profundidad de las ojeras que se debe tener para ser admitida en el club de las venerables madrecitas? ¿A cuántas personas deben contar todos los sufrimientos que pasan, para así adquirir la mica de “santidad” obtenida en el constante refuego de la maternidad?
Yo creo que ella padece cuando se da cuenta de su modo de ser, tan diferente a lo que ve en la telenovela nocturna. Ella padece porque, en su vejez, tal vez la película de la vida pasada se pone frente a una y no hay modo de evadirla. De un tiempo para acá siempre se despide con un: “hijita, hijito, te quiero mucho”.
En particular yo le agradezco que haya sido tan desapegada del molde tradicional de las “abnegadas” que luego cobran caro las cuentas del tiempo, los sufrimientos, las noches en vela que “invirtieron” en una. A lo mejor por flojera ella no lo hizo ni lo hará. Pero no, tiene muy buena índole, como se decía antes. Sin saberlo, durante años ella estuvo alimentando el motorcito que me hizo volar contenta, conocer y saborear rumbos nuevos sin culpa por haberla “abandonado”. Cuando dije adiós lo hice sin sentimientos culpígenos por dejar atrás el nido. Hoy sé que fue la mejor de las decisiones que he tomado
En esta mi adultez siempre regreso a ella llena de gusto. Me enseñó la distinción entre el bien y el mal, y (tal vez sin saberlo) la manera de oponerme a este último.
La veo todo lo girita que se puede ser a los 70 años, clara en sus ideas, y me da un gustito interior. Pero si quiero verla molesta, basta que le diga: “ya no estás para esas cosas, ma”. " Deje eso, yo lo hago " ..........“No, no, párale” –me dice oponiendo las rugosas palmas de sus manos, deteniendo casi físicamente mis palabras. “Yo no te digo qué hacer y qué no, ¿verdad? Si necesito algo te lo digo. Si no, no me trates como a una viejita chocha, vaya...”
¿Defectos? Claro que los tiene, como cualquier persona. Afortunadamente carece de uno capital: no es mamá cuerva; mamá sufrida; mamá nadie me me pela; .....Y eso se lo agradezco de modo infinito.
¡Salud por ella !